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Asia

Temblando en un rincón de casa, con miedo cuando levantaba mi mano para acariciarte. Sin comer ni hacer tus necesidades en la calle aún estando horas en ella.

Nuestras miradas se cruzaron en julio del 2013 y lo supe, supe que estábamos conectadas. Era una mirada llena de amor pero camuflada con muchísimo miedo.

Pasaron semanas hasta que te atreviste a comer de mi mano, pasaron después semanas hasta que lo pudiste hacer de tu cuenco de comida. Varios terapeutas intentaron ayudarte a salir de tus miedos y sólo una consiguió acercarse a ti. “Yo puedo hacer hasta aquí Gemma, el resto es trabajo tuyo”.

Pero los miedos seguían siendo tan poderosos que tu veterinaria tuvo que darte Fluoxetina para poder quitar el bloqueo.

“Seguro que hay algo más que puedo hacer por ella”, me decía una y otra vez… Y así, un día, decidí bajarte a consulta conmigo, un espacio “controlado” en el que pudieras presenciar a distintas personas, conmigo como referente, y así comenzamos un nuevo camino.
Las dos juntas sentadas, esperando a nuestro siguiente paciente. La premisa era clara:

“Por favor, no la miréis ni la acariciéis, que ella se acostumbre a vuestra presencia” y así todos entraban con ilusión en el que era su espacio hasta entonces, y así, su terapia pasó a convertirse en vuestra.

24 horas juntas durante mucho tiempo, largos paseos por el monte y sobre todo, infinita paciencia y mucho amor, han conseguido devolverte una vida que alguien te arrebató un día. Y lo que inicialmente era un proceso de recuperación para ti, se ha convertido en un tándem imprescindible en mi vida y en mi consulta.

Tuve la suerte de salvarte a ti, mi pequeña Asia… sin saber que me regalarías un amor tan tan puro que tantos años después, sigue vibrando en mi corazón.

(Hoy en día Asia descansa tranquila en casa, únicamente acude a consulta cuando alguno de mis pacientes me pide verla y poder llenarse de la energía tan bonita que Asia desprende).

Luchemos entre todos por lograr un mundo respetuoso con todos los seres que habitan en él.