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Un suspiro y un te quiero (carta de despedida)

Carta de despedida

Ya han pasado los 365 días desde que tuvimos que despedirnos y aquí me encuentro, escribiéndote y creando un espacio para ti, para nosotras.

Tengo que parar y no he hecho más que empezar, ya vienen las lágrimas…

Ahora que ha pasado justo un año me viene a la mente el momento en que tu mirada se perdió, pufff, qué horror, se me encoge tanto el corazón al recordarlo… Pero también recuerdo que afloraron en mí unas fuerzas tremendas para acompañarte desde la calma y eso me da muchísima paz.

He pensado durante tantos años en el día de nuestra despedida que de algún modo tenía claro lo que quería y lo que no. No quería que te fueras sola, me dolía pensar en la posibilidad de que te sintieras como unos inhumanos te hicieron sentir maltratándote… otra vez las lágrimas… qué duro se me hace no poder verte… Tenía claro que no quería que sufrieras, quería que pudieras sentir mi calma aunque estuviera temblando de miedo por dentro y por supuesto, que te despidieras con todo el amor que siento hacia ti. Cuando tu veterinaria me dijo que estabas sufriendo y que difícilmente sobrevivirías a esa noche, entré en shock, te tenía delante y no podía creerme que era la última vez de poder sentirnos así. Joder, qué difícil es volver a trasladarme allí. Me salta la mente de un recuerdo a otro, salí a respirar y a llorar y volví a entrar, salí y llamé a una amiga “Asia se está muriendo, tengo que decidir si dormirla, ¿cómo se decide eso? No quiero que se vaya”, pero en el fondo sabía que la decisión estaba tomada, me prometí y te prometí que nunca te dejaría sufrir, creo que me agarraba a la idea de que alguien me diera alguna posibilidad que no estaba contemplando por el caos emocional que sentía… Por supuesto, no había más posibilidad.

Lo siguiente fue volver, verte acurrucada y abrazarte de nuevo, ahí respiré hondo y me inundé de calma, aunque cada vez me sentía más rota y más desconectada.

– ¿Está sufriendo?

– Sí.

– Entonces la dormimos.

Y me viene ahora el llanto que allí reprimí, te escribo y me tiemblan las manos… Es como si todo lo que oculté allí para que tú no lo notaras saliera ahora… El estado de shock que tenía me ayudó a llenarme de calma. 

No recuerdo cómo llegamos a la camilla, pero sé que estábamos las dos, tu tumbada ya con la sedación y sin sufrir. Joder, otra vez las lágrimas. Menuda estampa ahora mismo mi niña, tengo a Gaia oliendome la cara y frotándose con mis lágrimas, ella no me ha dejado sola ni un segundo, ¿sabes?

Volvamos allí… a la camilla… es como si estuviera otra vez acariciándote la cabecita:

No te preocupes pequeña, ya no sufres, estoy aquí a tu lado como te prometí. No te voy a dejar sola hasta que te vayas, ¿vale? ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Tuvimos una conexión bestial ¿Recuerdas tus miedos y cómo nuestro amor ganó la batalla? Fuimos inseparables, somos inseparables. Gracias por confiar en mí y llenarme de tanto, no entiendo cómo no han sabido ver toda la luz que tienes y todo el amor que tenías por dar. Eres perfecta mi amor.

¿Recuerdas la playa? ¿Y la nieve? Y qué me dices de nuestros paseos mañaneros por la montaña, qué paz, ¿verdad? Cuando entrábamos en el camino, te soltaba la correa y corrías sintiéndote completamente libre y yo sintiéndome igual de verte así de feliz. El monte, el amanecer, la música y TÚ. Hemos sido equipo, siempre juntas incluso para trabajar, qué sesiones más bonitas he podido presenciar cuando estabas conmigo, las dos sentadas en el sillón ayudando a los pacientes. Qué acompañada me sentía y cuánto me gustaba acariciarte mientas escuchábamos atentas.  GRACIAS por darme tanto. El día que viniste a casa te prometí que siempre serías una más, y así ha sido, da igual que hayan llegado después dos peques humanas, que tú siempre has tenido el mismo espacio y más y más amor. No entiendo cómo alguien pudo maltratarte, pero mira qué de amor has tenido en casa con nosotros, tu familia. Y ahora aquí las dos, también como te prometí. No te asustes si allá donde vayas me notas triste, me va a costar estar sin ti, no quiero estar sin ti, así que necesitaré tiempo para aprender a darte todo este amor de otro modo, pero estaré bien, te lo prometo.”

Y de ahí, Cristina vino, me preguntó si estaba preparada… No, claro que no lo estoy, pero hemos de hacerlo. Y un último beso en el entrecejo, como siempre me ha gustado darte, empapándome de tu olor. Te miré a los ojos y te dije el te quiero más sincero y profundo que recuerdo y entonces, tu mirada se perdió. Joder, joder, joder, cómo duele. Tengo esa imagen grabada en la retina, tus ojos llenos de luz se perdieron y ya lo siguiente que recuerdo fue romper a llorar, un grito lleno de dolor (un desgarro del alma más bien) y abrazarme a Cristina. Veía tu cuerpo tumbado pero sabía que no estabas, te abracé de nuevo pero la sensación era diferente, muy diferente, tu cuerpo estaba caliente pero tú no estabas. Un suspiro antes sí, y un te quiero después ya no.

No recuerdo nada más, ni cómo llegué a casa, si cené o no ese día. No oculté mis lágrimas a mis hijas, aunque no les mostraba el desgarro que sentía.  Ya sólo recuerdo oscuridad, un agujero enorme en el corazón y una desconexión bestial.  

Esa semana me cancelé todas las citas, me era imposible ayudar estando tan rota. Cuando volví fue duro, girar la cabeza y no verte donde siempre estabas, salir de consulta y no poder abrazarte, no escuchar más tus pasos por casa, no sentir  a mi compañera de vida… 

Esa Navidad fue bastante mala, no tenía ganas de celebrar nada, me sentía desconectada pero en ese sentido mis hijas fueron luz. Marina es muy pequeña pero Ruth habla muchísimo de ti, cada vez que ve una estrella brillar me dice sonriendo que ahí estás tú. Me veo sonriendo mientras hablamos de ti. En momentos así es cuando me doy cuenta de que ya no estoy donde estaba, con un dolor tan profundo, pero me parece aún mentira que hoy esté escribiéndote esto, un año después. 

Muchas veces cuando pienso en ti sonrío y siento un amor inmenso, no me imaginaba que nuestro amor podría seguir creciendo, pero también hay ocasiones en las que se me hace insoportable no poder abrazarte una vez más, que no se crucen nuestras miradas. No sabría ponerle nombre a la conexión que sentía contigo mi niña, pero no puedo más que agradecerte que hayas estado en mi vida.  He sido toda una privilegiada y ha sido un honor poder demostrarte que el amor puede romper el mayor de los miedos.

Tengo infinidad de recuerdos tuyos, te pienso absolutamente todos los días, y te sigo hablando. Gaia se ha apropiado de los espacios en los que estabas y me busca tal y cómo tu hacías.  Ella también lo pasó mal, estuvo más de 3 meses de duelo, me tenía tan preocupada que llegué a preguntar a una terapeuta felina, pero era el dolor que ella sentía también por tu ida. Creo que ella y yo nos hemos hecho compañía desde el dolor, en silencio y con mimos. Para que luego digan que los animales no sentís.

Ahora cuando miro atrás siento más paz, ya sabes que el momento de tu muerte siempre me ha dado miedo. Temía que te fueras sola, que te sintieras sola, que tuvieras miedo… Y pensar que pudimos hacerlo también juntas me tranquiliza.  

Te fuiste en paz, tranquila, con todo el amor de una familia y acompañada por la persona que más te ha querido.

Espero verte esta noche en sueños y poder abrazarte de nuevo.

TE QUIERO ASIA

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