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La ventana invisible

Escucharte así, frágil, indefensa, triste… Me genera un dolor y una impotencia que, incluso teniendo mis herramientas y sabiendo cómo guiar y acompañar, me oprime el pecho. 

Cierro los ojos y nos imagino, a ti y a mí, cogidas de la mano, abrazadas, mirándonos a los ojos sin mediar palabra porque no es necesario hacerlo, teniendo la libertad plena de sentirte aquí, en mi pecho, compartiendo, disfrutando, viviendo.

Pero ahora más que nunca, cierro los ojos y siento esa tristeza y ese dolor como si fueran míos. La impotencia de no poder llevarlos entre las dos, de no poder sostenerte para que camines ligera un tiempo, me lleva a sentir esas emociones de manera más intensa.

Noto cómo el peso del techo te oprime la espalda. Cómo la frialdad de las paredes que te rodean dejan de ser hogar para ser cárcel. Cómo cada noche piensas “un día menos” y cada mañana al levantarte “otro día más que enfrentar”. 

Y te miras al espejo sintiéndote más desnuda que nunca, aún estando arropada. Y cuando llegas a los ojos te ves vulnerable, frágil, indefensa, vacía sin tus pilares que fuertemente te sustentan y tan lejos están ahora de ti.

Entonces llega la hora y hablas con quienes en otra ocasión te sacaban risas; sin embargo, ahora tus ojos se llenan de lágrimas porque su realidad dista mucho de tu realidad y eso te lleva a sentirte aún más sola y aún más lejos de ti, de nosotros, de tu sustento.

Y la soledad acecha, cada vez más fuerte, empujándote hacia adentro y obligándote a profundizar en esos miedos, esos demonios que al fin llevabas meses enfrentando pero que ahora la vida te los coloca de golpe. Ya no eres tú quién los escoge uno a uno, ahora te toca verlos todos de frente, cada día, con cada paso entre esas paredes convertidas en barrotes de esclavitud.

Pero tienes (y admiro) la capacidad de llenarte de pequeñas píldoras de felicidad, de respiro, de paz. Pegas una gran bocanada de aire a todo aquello que enriquece tu alma para poder sobrevivir, para tachar otro día más en el calendario de la cocina, sabiendo que es un día menos para abrazarnos, para sentirnos. 

Y mientras, aquí estoy yo pensando en ti, mi ángel. Me asomo cada día a mi ventana, imaginando que puedo alargar mi mano tras ella y llegar a ti, coger tu cabello y acariciarte la mejilla como tantas veces me gusta hacer mientras te digo todo lo que te quiero y todo lo que me gusta sentirte. Coger tu lágrima entre mis dedos y hacerla mía, mientras te vacías de dolor y yo te lleno de energía. 

Esa ventana invisible está también en tu casa, sólo tienes que asomarte a ella, cerrar fuerte los ojos e imaginarnos: porque aquí estoy, abriendo mis brazos y arropándote, en mi pecho, notando tu latido, respirando tu olor, llenándote de mí, llenándome de ti.

¿No lo sientes, ángel mío? No hay distancia que nos pueda separar. Todo aquello que hemos creado juntas, todo lo vivido y todo lo sentido es tan fuerte y tan estable que, incluso a tantos kilómetros la una de la otra, mi cuerpo reacciona y se llena de paz tan sólo imaginándonos así, JUNTAS de nuevo, abrazadas, respirándonos.

Tú también tienes esa ventana invisible, sólo has de llenarla de recuerdos, de sensaciones, de ESPERANZA. Asómate a ella, yo estaré haciendo lo mismo desde aquí, pensando en ti.

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