Menú Cerrar

Soy una madre sin bebé (testimonio)

Hay varios tipos de maternidad, aunque socialmente solo una de ellas sea la aceptada:

  • Maternidad visible: la idónea, la esperada, la deseada…
  • Maternidad sin hijo/a: mujeres que tras años de búsqueda no encuentran su bebé, aquellas mujeres que perdemos nuestro bebé en cualquiera de las semanas de gestación, mujeres que pierden su bebé al poco tiempo de nacer, mujeres que esperan su hijo/a adoptado y se someten a infinidad de trámites…
  • Maternidad con hijo/a con alguna enfermedad: madres que tras todo el proceso, todos sus sueños y esperanzas, se encuentran en un camino diferente y enfrentan variedad de momentos y situaciones: el hijo/a que no puede sonreír, que nunca podrá decirle “mamá”, que deberá estar con tratamientos continuos, cuya esperanza de vida es de tan sólo unos años, …
  • Maternidad ausente: la madre que sufre procesos psicológicos (depresión postparto, disociación, despersonalización…) tras el embarazo o el parto y, que aún teniendo a su hijo/a sano, no puede realizar una vinculación con él/ella.

Déjame que te presente todas estas maternidades, aquéllas que se vuelven invisibles y son tremendamente dolorosas, aquéllas de las que no se habla pero existen, y dejan un vacío desolador en todas aquéllas mamás que transitan (transitamos) por ese camino. Poco a poco iré hablando más sobre ello, pero hoy quiero dar todo el protagonismo a Julia, mamá “invisible” que llegó a mí en un profundo duelo no aceptado (ni social ni individualmente) por la muerte de su hijo.

Por favor, si estás embarazada, no continúes leyendo, ya lo harás en otro momento. 

Llevaba 23 semanas de dulce espera, de felicidad plena, abrazando y hablando a mi bebé. Nos había costado horrores conseguir que nuestro hijo llegara a nosotros pero al fin estaba embarazada y entonces, un día dejé de sentirlo y me alarmé, muchísimo. Estará bien? Peque, me oyes? Dame tus pataditas cariño, que mamá está preocupada” pero no había señales de él. Me intentaba calmar, decir que estaría dormido, pero una madre lo sabe, sabe cuando algo no marcha bien, llámalo intuición maternal o como quieras pero algo me decía que mi hijo no estaba bien. Fui a urgencias, me trataron como a una paranoica hasta que me hicieron la eco y lo vi, Dios si lo vi, la mirada de la ginecóloga cambió en un segundo. Joder, no me olvido de esa angustia y sus palabras “tu hijo no se mueve, su corazón no tiene latido”. No recuerdo nada más que un grito, el mío, el resto está negro.

Julia, vamos a provocarte el parto, tienes que dar a luz a tu hijo “pero ¿no está muerto?”, sí pero el proceso es dar a luz, “¿dar a luz a un bebé muerto?”. Lo recuerdo como si le pasara a una vecina, esa no era yo, eso no me podía estar pasando a mí. Nadie me había explicado nada, no sabía qué me iba a pasar ni qué era mejor para mí, no sabía que querría conocer a mi hijo, nadie me dio la opción, se creían que lo mejor era correr un tupido velo y llevárselo pero no era así. JODER, era mi hijo! Por qué nadie me preguntó? Por qué no se habla de esto? Hoy daría lo que fuera por tenerlo en mis brazos un solo segundo, sentirle, despedirle, conocer su cara, aunque estuviera con alguna malformación, aunque fuera tan pequeñito que me cupiera en la mano, pero era MI HIJO y se lo llevaron y mi alma con él.

El parto fue horroroso, tardé muchísimo en dilatar, además cada contracción se llevaba un pedazo de mí, de mi inocencia, de mi vida, de mi ilusión, de todo lo que yo era. Llegó el momento de empujar pero no quería, no quería que mi hijo desapareciera y sabía que ése era el último momento en que estaríamos unidos físicamente. Pero ahí estaba yo, empujando con todas mis fuerzas. A la vez quería terminar con ese infierno. Sólo recuerdo el último empujón y cómo después me rompí, literalmente, no podía parar de llorar. Me tuvieron que dar calmantes.

Todo lo demás está negro, no hay nada, sólo recuerdo miradas incómodas, personas que vienen a verme sin saber qué decirme, y dolor, mucho dolor, el más grande que jamás he experimentado. “Dónde está mi hijo?” Qué vais a hacer con él?” Vamos a hacerle pruebas para ver por qué ha podido pasar “y después?” Vacío, más vacío. Sólo tenía una certeza, mi hijo ya no estaba en mí.

Y entonces pasé a ser invisible. Unas semanas antes todas las personas que se cruzaban conmigo, que me conocían, me preguntaban por él, pero hoy nadie habla de él. Nadie le ve, nadie le siente pero para mí todo es él, la despedida que no tuvimos, el dolor que me acompaña, los sueños de lo que íbamos a vivir, los meses que nos quedarían para escuchar su llanto.

Eres muy joven Julia, tendrás otro. “¿Otro?” Yo no quiero otro, yo quiero a mi hijo, el que me ha dado náuseas durante meses, el que me llenaba de patadas quitándome el sueño, el que se movía cuando le cantaba. Quiero a mi hijo, es que no lo veis? Claro que no, no lo véis y no sabéis lo que es” así que sonrío o no, antes sonreía ahora no hago ni el esfuerzo, continúo. Sé que podré tener más hijos, pero mi amor es hacia mi hijo, mi duelo es hacia mi hijo, el que vivió en mi cuerpo, el que vive en mis sueños y en todo mi ser.

¿Cómo se llama tu hijo? Me preguntaste en la primera sesión, “Juan” y me rompí a llorar, de dolor y de alivio, eres la primera que ha visto a mi hijo, que ha hablado conmigo de él y ahí lo supe. Mi hijo existe en mí. Y así, juntas, nos embarcamos en descubrir una maternidad que no imaginaba y que me está transformando enseñándome que lo invisible para los demás no tiene por qué serlo para mí. Gracias por enseñarme a crear un espacio para Juan, gracias por sostenerme y por hacer tanto para dar visibilidad a mamás como yo. Me estás enseñando a ver que Juan me ha transformado en puro amor y eso sólo lo puede sentir una madre.

Te quiero hijo mío

Deja un comentario